domingo, 8 de septiembre de 2013

Los tiempos de la historia y el raro sonido de la palabra futuro


Por Tomás Abraham (*)

Me pidieron que escribiera sobre estos treinta años de democracia. Pero hablar del pasado es lo que solemos hacer. Pelearnos sobre lo que nos pasó se lleva gran parte de las energías políticas. Pensar en lo que vendrá exige hablar sobre lo que queremos y cómo conseguirlo.

Pasaron muchos gobiernos, pero la sociedad parece reproducir los mismos mecanismos que la instalan en hábitos esclerosados. Cambiar de tema no es fácil, remover estructuras mentales menos.

La palabra “futuro” tiene un sonido raro, como si la escucháramos por primera vez. Antes de introducirla en la nota, sigamos el dictado convencional para comenzar desde el principio.

Pasado

La caída de Alfonsín fue el fin del sueño socialdemócrata. Los modelos políticos españoles e italianos de Felipe González y de Benito Craxi que se evocaban en aquellos tiempos se derritieron como si fueran de cera. En 1985, el discurso de Parque Norte se basaba en una idea de modernidad cultural fundada en valores de pluralismo, tolerancia y equidad. Cuatro años más tarde, la realidad estaba lejos de reflejar a una sociedad pacificada. La Tablada y los escombros junto a los cadáveres eran recorridos por un presidente atrapado y sin salida acompañado por un coronel siniestro: Seineldín.

Esa pretensión socialdemócrata era compartida por el peronismo renovador. Bajo el paraguas de Antonio Cafiero como la otra cara del alfonsinismo, la oposición se organizaba de la mano de jóvenes políticos como Manzano y Grosso. La demolición del sistema progresista y reformador generó una figura llamada Carlos Menem, que llegaba a la presidencia invocando a Facundo Quiroga, a la gesta malvinense y con la promesa de la nacionalización de todos los bienes británicos.

En pocos años, la campaña nacional, popular, rosista y caudillesca hizo lugar al jolgorio de las relaciones carnales convertidas en una deuda impagable.

Hecha la incipiente experiencia política posdictadura, busquemos los términos precisos para calificar a los primeros mandatarios de la nueva democracia. ¿Fueron malos? ¿Demonios? Uno es calificado como el presidente de la hiperinflación, de la Obediencia Debida y del Punto Final. El otro es recordado por ser el de la entrega, el desguace, la frivolidad y la corrupción. Uno el del estado de sitio y el de la ingobernabilidad, el otro el de Río Tercero y la AMIA. Por lo tanto, el consenso de la mayoría los tildó mientras eran operativos de enviados del mal.

(Ciertos homenajes póstumos a ex presidentes son en su mayoría procesos melancólicos, cuando no hipócritas).

La Alianza fue el fin de otro sueño: el de la importancia de la ética en política, y el de la creencia de que los males del poder provienen de la corrupción. La invocación de la mano limpia concluyó en las coimas del Senado y en la confiscación del dinero de los ahorristas.

En consecuencia, para la crónica reciente, el relato del pluralismo, de la integración al mundo y de la ética terminó por engendrar monstruos. Así se consideraron los primeros veinte años de la democracia argentina.

Después se produjo la gran mutación. Hace diez años se hablaba de anomia, de anarquía, de Estado fracasado. También de trueque, gatos asados y muerte por hambre en el NOA. Hoy se anuncia que aquella Argentina de la miseria sólo quedará atrás si este modelo de crecimiento con inclusión sigue vigente y regente para siempre.

¿Habrá sido así la historia de los primeros veinte años de democracia? ¿Y así también los últimos diez?

Desde mi punto de vista, el gobierno de Alfonsín tiene sus méritos. Juicio a las Juntas, apertura y reforma universitaria, creación del Mercosur, pregón insistente sobre las virtudes de la democracia republicana.

¿Qué decir de las 13 huelgas generales de la CGT entre 1984 y 1988 cuando, dos décadas después, a la reacción del campo por medidas fiscales inconsultas y arbitrarias se la condenó por ser destituyente? ¿Cómo calificar la animadversión de una Iglesia representativa de poderosos sectores económicos y políticos ante un gobierno que había legislado el divorcio y presumía de una tradición laica? ¿Qué decir de un ejército con poder de fuego y redes de apoyo político en la sociedad civil que en nombre de Malvinas, el nacionalismo popular y otras consignas redituables amenazaba con quebrar el gobierno constitucional? ¿Del vaciamiento bancario? ¿De la condena de la Sociedad Rural? ¿Del sistema de creencias y conveniencias de la sociedad argentina en los primeros años de la democracia?

¿Y Menem? ¿Tan condenable fue que, luego de que el país se desangrara y murieran miles de personas asesinadas de los modos más sádicos imaginables, quisiera dar muestras de una reconciliación y de la superación de cuarenta años de odio entre peronistas y antiperonistas? ¿Nada hay que reconocer, ni mérito alguno que destacar, en el haber logrado un sistema de alianzas militares que le permitieron aislar y desarmar el último intento de un golpe de Estado fascista preparado por Seineldín en vísperas del arribo del presidente de los Estados Unidos?

No es frívolo afirmar que la historia argentina, diagramada desde el poder con el maquillaje de algunas academias, es una novela. Un relato de ficción. La historia es para nosotros, lectores de la argentinidad, un motivo de alta intensidad emocional al tiempo que un entretenimiento compartido. Si bien ha sido escrita por cientos de historiadores, a veces parece que todos pudieran ser resumidos en el nombre de un bardo cuyas palabras hicieron a un pueblo: Homero; si quieren, agreguen Simpson.

Es posible que, de todos los universos imaginados desde que Sherezade iniciara su relato de Las mil y una noches, en el caso nacional, la historia sea para nosotros el género que enmascara con un cuento de hadas una realidad no santa, cuya consecuencia es la postergación del pensamiento y la captura de nuestro sueño.

No distinguimos entre historia y hagiografía. Nuestra formación escolar añora la vida beatífica de los tiempos coloniales.

El revisionismo histórico se ha concentrado en denunciar el monopolio portuario y atacar las pretensiones hegemónicas de los porteños. Convirtió el espíritu de sospecha de la hermenéutica del siglo XIX en pereza intelectual, y no sólo por su contribución al agregado de feriados. Como dijo Halperin Donghi, bajo cada monumento se busca alguna miseria. Sus ideales oníricos imaginan una patria federal con artesanías pujantes, saladeros dinámicos, siestas coloniales, atardeceres pampeanos, estancieros verdaderamente criollos e historiadores subsidiados. Todo su arsenal crítico se invierte en achacar la culpa de nuestros inútiles devaneos y nuestro estancamiento a la generación del 80, a su política de integración al mercado mundial liderado por el imperio británico y a la indiscriminada política inmigratoria. Cuando no al ideal civilizatorio de Sarmiento, con la boca cerrada y los ojos vendados ante nuestra actual integración “bolivariana” al mercado mundial liderado por China.

Nacionalismo con chicana se ofrece a granel para felicidad de muchos. Así se narra el relato actual desde el poder, con el agregado del setentismo, que sostiene que en un país con tanta desigualdad el sistema representativo no es más que un despacho de contadores al servicio de la oligarquía, y que la justicia social sólo llega de la mano de un jefe absoluto conductor y protector de los pobres.

Este tapiz termina de tejerse con residuos mal digeridos del socialcristianismo tradicional y con el armado de la nomenclatura propia de un supremo soviet.

En un país como el nuestro, que ha crecido según el relato oficial a tasas llamadas “chinas”, donde en diez años ha mejorado la vida de casi toda la población, donde la agroganadería se ha enriquecido, los industriales poseen plantas en actividad, las clases medias han reconstituido su sistema tradicional de consumo vía automóviles, electrodomésticos y turismo, los educadores han mejorado sus salarios y los trabajadores se han reinsertado en el proceso productivo luego de años de depresión, ¿cuál es el motivo por el que, en lugar de vivir en una sociedad apaciguada, dispuesta a dialogar sobre su pasado, rectificar errores, reconocer pasos en falso, sospechar de los fanatismos y consolidar el progreso, se encuentra hoy en un clima de odio social, político y en una batalla cultural que fracciona la sociedad en bandos enemigos?

Porque el espíritu de revancha es para muchos conveniente.

Presente

Nuestra sociedad no ha modificado su matriz productiva desde 1929. Depende de sus materias primas para financiar bienes de capital, tecnología y energía. Sus partidos políticos tradicionales tienen acta de defunción. La política depende de los recursos del Estado, desde el gobierno central hasta las intendencias. La caja distribuye y construye poder. El funcionamiento de las instituciones ha ingresado en un camino regresivo peligroso. Caudillos con matones al servicio de un jefe en una red de mandos piramidal con mecanismos totalitarios dependen de un sistema coercitivo de lealtades. El problema se agrava porque los cabos de esta red están sueltos y dispersos. Es un andamiaje que se ha infiltrado en las fuerzas de seguridad, en la protesta social, en los clubes de fútbol, en las zonas marginales, en el narcotráfico.

Vivimos en una supuesta democracia de tipo plebiscitaria reforzada por el poder de resonancia de medios masivos de comunicación y de sus recursos periodísticos. Funciona a golpes de efecto, con una Justicia y una ley bifrontes. La Presidenta, al anunciar que la Constitución no se reformaría, dio el guiño que muchos esperaban para que se iniciara la operación clamor.

Este tipo de democracia tiene algunas consecuencias. Una es la desaparición del Estado. Al menos de un Estado configurado en lo que se llama democracia republicana. No se trata sólo de la división de poderes que garantiza los derechos ciudadanos, y mucho menos de la apropiación estatal de fuerzas productivas ni de recursos estratégicos, sino de algo más cotidiano, vital e imprescindible: del monopolio de la violencia bajo el imperio de la ley.

Se lo llama seguridad, y se intenta hacer creer que es un problema inventado por los ricos, los rubios o la oposición. Se oculta que los delitos más salvajes se perpetran en los barrios marginales y los padecen los sectores más humildes. Para desdibujar su realidad se nos compara con la ciudad de San Pablo, y así mejorar la imagen de una vida pretendidamente sosegada.

Por otro lado, se niega un clima de embrutecimiento generado por un pensamiento que ha reemplazado la crítica por la delación, el fanatismo y las amenazas, que se justifican en nombre de una concepción de la política como espacio donde se agudizan los conflictos, en los que uno solo de los protagonistas queda en pie.

Se insiste con que en nuestro país hay libertad de prensa, que nadie está en la cárcel por sus opiniones y que la crítica al Gobierno es sostenida, corporativa, artera. Se nos presenta un poder que hace gala de generosidad porque presta la libertad –supuestamente un derecho inalienable– sin dejar por eso de alimentar una especie de odio cívico, interciudadano, que parece ser útil a facciones encumbradas en el Estado a las que les reditúan las divisiones.

El “vamos por todo” no es mera retórica. La implosión del sistema de seguridad y la distribución anárquica de armas de fuego son una realidad. Además, las condiciones emergentes para focos de violencia que ya se perciben están legitimadas por lo que se llama “el relato”.

Liberación o dependencia, pobres contra ricos, oligarquía contra pueblo, Estado contra mercado, monopolios contra Gobierno y el reciclaje del vocabulario setentista con la imagen de Evita Montonera y del tío Cámpora envasado ofrecen una inmejorable liturgia para los nuevos factores de poder.

Vivimos tiempos de cruzada ideológica, que rememora la de la década anterior a la bautizada como “maravillosa”, como lo fue la revolución argentina del Opus Dei de los 60. Este gobierno, como aquél, hace de la cultura un aparato de Estado con la misión de elaborar un relato fundacional. Por supuesto que hay diferencias ideológicas entre los cursillos de la cristiandad y las clases de camporismo en las escuelas, la cara y ceca de un solo canon, con la convicción compartida de la importancia de una batalla cultural para regenerar a la nación. Y la matriz ética es idéntica: búsqueda de herejes y traidores, en un caso ateos, marxistas, hippies, judíos, y en el otro gorilas, los de la Corpo, destituyentes y neoliberales. El mismo maniqueísmo, la misma profecía salvacionista encarnada en un nuevo santo llamado Nestornauta.

Es cierto que ningún poder se establece sin relatos. Pero no es lo mismo un gobierno que deja en la sociedad civil la creatividad y la responsabilidad de sus producciones culturales potenciando su realización con el apoyo estatal de acuerdo con un abanico amplio de tendencias estéticas e ideológicas, que un Estado ocupado por un grupo que se arroga una misión histórica regeneradora.

Distribuida la baraja social de un modo bélico que separa leales de traidores, la simulación –inmejorable palabra originada en un libro de Rodolfo Terragno– consiste en acusar al bando contrario de agresión y arrogarse la voluntad pacificadora. “A nadie han tratado tan mal” es la persistente queja de la víctima en su función actoral.

Tenemos la particularidad de que nos gobierna un tipo de político que hace de la confrontación y del sectarismo su modo exclusivo de perpetuarse en el poder. Pero todo tiene un límite.

Quizás los que hoy presiden la república piensen que también deberán retirarse aunque sea por un tiempo. Especularán con un caos futuro. Menem le entregó a De la Rúa una bomba de tiempo. Deuda externa, déficit fiscal, recesión económica. Hoy la política económica del modelo kirchnerista se saca el antifaz con su adhesivo de crecimiento con inclusión y queda la cara descubierta y tajeada de una economía convertida en un casino. Este gobierno, en caso de no seguir, ya prepara su bomba de tiempo para que le estalle al que venga. Desde una justicia deformada –en la que jueces y fiscales se juegan la vida cada vez que los ocupantes del poder son investigados– convertida en un monstruo jurídico, hasta una economía diagramada por fulleros, con su timba de patacones verdes por ahora demorados, desabastecimiento, controles a viajeros, lavado de dinero y fuga precipitada de capitales generados por la corrupción.

Futuro

El futuro, hermosa palabra. Nuestro país no termina con el kirchnerismo. La corrupción tampoco termina con el kirchnerismo. Además, no se trata de corrupción sino de impunidad. Lo que este gobierno inauguró –de un modo semejante al de Menem– es un nuevo robo para la corona con fiesta y algarabía. Nadie oculta su enriquecimiento personal, salvo los mecanismos puestos en funcionamiento para lograrlo. Pero lo que también introdujo es un cambio en el relato. Pasó de la frivolidad menemista a la moralidad de los derechos humanos y a la prédica igualitaria legitimada por héroes y mártires del pasado. Por eso llevó a cabo una estafa ideológica. Un lenguaje emancipador que encubre negocios personales por parte de personajes camaleónicos.

Pero hablemos del futuro, nuestro tiempo ausente. Argentina es una reserva natural en un planeta que se agota. Agua dulce, tierra fértil, minerales estratégicos, energía, plataforma submarina con riqueza pesquera. Esta inmensa riqueza ha permitido que se organizara una economía extractiva. Se chupa lo que hay. Se contamina el agua, se malgasta energía, se desertifican los suelos y se deja contrabandear la pesca.

Si queremos que estos dones terrestres redunden en beneficio de la sociedad se necesitan capitales, tecnología y recursos humanos. Por lo tanto, obliga a ubicarse de un modo tal en el mercado mundial que permita el acceso a las mencionadas fuerzas productivas. Para lograrlo, nuestra nave nacional debe arriar la bandera del patrioterismo y enarbolar otra, quizás la celeste y blanca, sin tanto griterío y un poco más de seriedad.

Los vociferantes que hablan de los imperios, de lo mal que se portan los ricos, de los abusos que se permiten los gigantes, olvidan el sentido de las proporciones. La política tiene un principio ineludible: saber quién se es, con qué se cuenta y qué puede hacerse.

Nuestro país puede ser original en cómo destruirse. Lo ha hecho en su medida y armoniosamente con sus riquezas y su pueblo. Pero no es tan inventivo en cómo construirse. Inserto en mercados continentales a merced de la demanda global, su margen de maniobra tiene un radio de giro muy corto. El delirio de grandeza y la bravata compensatoria terminan no en el mito heroico, sino en la mitomanía.

Nadie quiere pensar en el término de veinte años, pero esos veinte de todos modos pasarán, y cada vez más rápido, en especial cuando se mira para atrás. Proyectar sólo para dos, como se hace de acuerdo con el calendario electoral, es más agitación que movimiento.

No es fácil pensar en el largo plazo. Invocar un posible consenso sobre políticas de Estado no debe ser una salida retórica. Hay una costumbre entre politólogos –ya sean académicos, periodistas o políticos profesionales– de diseñar planes faraónicos, desde migraciones poblacionales hasta nuevos mapas regionales, planes de seguridad, ingresos al mercado mundial con productos de alto valor agregado, todos los ingredientes del orden y el progreso de los argentinos, que dignifican simposios y textos ritualmente correctos.

Esta tendencia del idealismo racionalizado no toma en cuenta algo básico: los factores de poder. Argentina no es un desierto que haya que poblar, ni siquiera lo era en tiempos de Alberdi. La sociedad no es una materia prima que se pueda moldear de acuerdo con una ingeniería progresista que supone el triunfo de la cordura.

Los gobiernos de nuestro país se encontrarán con resistencia gremial y corporativa absoluta si se quiere mejorar el funcionamiento de sectores de la economía y la sociedad. Negociar con los centros dispersos de poder será una imposición para que un nuevo elenco que comience un período presidencial se proponga terminarlo.

La sociedad no está dividida en clase media, pobres e indigentes. El tejido social tiene un entramado bastante más sutil, con varios filamentos por debajo de la superficie.

Hablar de los pobres sin serlo es un deporte muy practicado. Lo ejercemos con la habilidad que tiene el tero, ave símbolo de la protesta generalizada. Su graznido es el de los grupos de interés que se ponen de acuerdo en oponerse a lo que aparentemente los daña, pero nunca hablan de lo que los beneficia. En realidad, nadie querrá ceder nada de lo obtenido ni en espacios de poder ni en recursos.

Por eso es necesario que se piense al país con visión de futuro. Como lo hicieron algunos grandes de nuestra historia. Fuimos un país en el que millones de habitantes vinieron a “poner”: dinero, trabajo, ideas, proyectos, esfuerzo; en el que poco y nada se pedía salvo trabajo, libertad y paz. Nuestros padres y abuelos vinieron de lugares de hambre, persecución y guerra. Ese país tenía futuro. No era un país en el que se “sacaba” dinero, riquezas, inteligencia. Hemos pasado del arraigo a la fuga. Revertir ese proceso es la tarea.

(*) Filósofo

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